DÍA DE MUERTOS: UNA MIRADA AJENA A UNA FIESTA PROPIA

Cuando el Festival Internacional de Cine de Guadalajara apostó por Día de muertos, la película de animación de Carlos Gutiérrez, para su función inaugural, era inevitable no tener en mente a películas anteriores que utilizaron como contexto la misma festividad.

Desde su polémico duelo con el estudio de animación Pixar, hasta el día de su estreno, el director, y la productora Estefaní Gaona respaldaban su película con un discurso que deja en claro que su mayor virtud radica en una visión y realización 100% mexicana. Esto podría seguir siendo motivo de aplausos si estuviera respaldado por una propuesta visual y narrativa cohesionada y propia; y además si su estreno mundial no hubiera sido en inglés. Día de muertos oscila entre la referencialidad a construcciones extranjeras y la aglomeración de mexicanismos. En ninguno de los dos polos termina por sentirse genuina debido a un guion que no se toma el tiempo para construir el mundo del cual parte su narración, ni a los seres que lo habitan. Pese a que utiliza personajes arquetípicos, las decisiones de la protagonista y sus amigos se ven azarosas, forzadas e incluso inconexas. Una base poco sólida que no puede mantenerse en pie provoca que cualquier recubrimiento extra sea inútil. No importa por cuántas aventuras difíciles o decisivas pasen Salma, Jorge y Pedro, los protagonistas, no causan emoción alguna porque desde su concepción en papel no son creíbles. Aun con estos personajes inacabados, la película les da mucho peso a sus diálogos delegándoles la comicidad y algunas partes de la historia. Juan José Medina, Francisco Rodríguez y Eduardo Ancer escribieron un guion que verbaliza lo que en realidad debería estar mostrando.

Así como se decide filmar con tal o cual lente, usar animación y un tipo específico de ésta debe ser un elemento que aporte ya sea a nivel dramático o estético. En el caso de la película de Gutiérrez, el formato animado no contribuye en ninguna de esas dos vías. No hay un concepto artístico que se distinga de lo que otros ya han presentado. Y la falta de texturas y fluidez en los movimientos les resta verosimilitud a las figuras. Estas fallas en cuanto a génesis y ejecución se evidencian más con la falta de un ritmo que orqueste cada una de las secuencias con el matiz necesario; el gag llega tarde o las escenas de acción se ven torpes. Quizá en su estreno oficial, en octubre, haya cambios notorios en cuanto a la composición final que particularicen a la animación y su diseño.

Con producciones de este estilo se muestra que el cine animado de grandes estudios en México, a diferencia de los cortometrajes nacionales, aún le falta por independizarse de modelos extranjeros y de una falsa mexicanidad para construir un discurso propio que tome como estandarte su individualidad artística y no su manufactura nacional.